Montag, 18 November 2019

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Do de pecho

—¿Diga?
—Susi, por favor, pásame con mi hijo.—Es que está hablando por el otro teléfono, doña Cecilia.
—Esperaré.
—De acuerdo. En cuantotermine, se lo paso.

Susi, la secretaria del detective Pepe Rey, no soporta a doña Cecilia. Sólo llama a primeros de mes para pedirle dinero a Pepe, es autoritaria y nunca le preocupa lo que pueda pasarle a su hijo, al que las cosas no le van demasiado bien: separado desde hace unos cuatro años, ve a sus hijos dos fines de semana de cada mes y quince días en vacaciones, vive solo y no consigue encontrar a la mujer de su vida. Bebe bastante, sobre todo Rioja, come bastante mal y no se cuida. Pero todo eso no le importa a su madre, una toledana de familia adinerada que desde que se quedó viuda se dedica a merendar con sus amigas, ir al cine o al teatro de vez en cuando y a hacer viajes organizados para jubilados. Y casi todo lo paga Pepe Rey, porque doña Cecilia no tiene bastante con la pensión de viudedad y, como ella no ha trabajado en su vida, tiene que recurrir a uno de sus hijos, el mayor, para seguir viviendo como vivía antes. No es que Pepe gane mucho dinero —un detective pasa épocas de mucho trabajo y otras de no cobrar un duro—, pero es un sentimental, incapaz de negarse a ayudar a su madre. Doña Cecilia lo sabe y por eso lo llama cada mes.
Una secretaria particular, aunque no quiera, se entera de todo lo que pasa a su jefe. Susi, por tanto, conoce bien las relaciones entre Pepe y su madre y se pone de mal humor cada vez que oye la voz de esa mujer. Además, y no puede evitarlo, le tiene muchísimo cariño a Pepe y le gustaría que tuviera una vida más fácil.
Suena el teléfono interior. Es Pepe.
—Susi, ponme con mi oficina de la Caja de Ahorros. 
—Ahora mismo, jefe. Su madre está en la línea dos.
—¿Mi madre? No me digas que ya estamos a primeros de mes…
—Me temo que sí, jefe. ¿Se la paso?
—Mmm… Espera porque… Bueno, sí, pásamela.
—¿Doña Cecilia? —pregunta Susi después de haber apretado un botón del teléfono—. Le paso con su hijo.
—¡Menos mal! Pensaba que iba a estar esperando todo el día.

***

«¡Qué mujer!», —piensa Susi—. Busca en el listín el teléfono de la Caja, pero antes de llamar va a esperar un rato porque sabe que la conversación entre madre e hijo será bastante larga. Empieza a pasar a máquina una carta y suena el timbre. Susi se levanta y se arregla un poco el pelo. —«Nunca se sabe. Puede ser un cliente guapo»—, se mira en el espejo del recibidor y abre la puerta. Delante de ella un hombre guapísimo, alto y fuerte, muy moreno de piel, de pelo negro y rizado y unos inmensos ojos verdes le sonríe. No está solo. Va acompañado de una mujer también muy guapa y elegante que va cogida de su brazo. «Los hombres así siempre van acompañados», piensa rápidamente Susi y, recuperándose de la impresión, les dice:
—Buenos días. ¿Qué desean?
—¿Está el señor Rey?
—¿Tienen ustedes una cita con él? —les pregunta Susi, aunque sabe que no, porque ella se ocupa de citar a los clientes.
—No, no tenemos, pero…
—Pues si no les importa, les doy hora para otro momento.
—Es que… Verá, señorita —le dice el hombre intentando convencerla con una de sus mejores sonrisas—, se trata de un asunto verdaderamente urgente. Necesitamos hablar con él lo antes posible.
El hombre tiene un ligero acento andaluz , muy suave, tanto que apenas se nota. Mientras el hombre habla, su acompañante lo mira con admiración. «Ésta está locamente enamorada de él. Seguro que hace poco tiempo que salen juntos», piensa Susi, que en cuestiones amorosas es bastante pesimista.
—El problema —dice Susi— es que hoy el señor Rey está muy ocupado y no creo que pueda atenderlos. Pero pasen un momento y siéntense, que voy a preguntarle si puede recibirlos. ¿Me dice su nombre, por favor?
—Rafael Linares y señora.
«Recién casados. Éstos están recién casados», piensa Susi mientras cierra la puerta de la sala de espera, una pequeña habitación con sillones no muy cómodos y bastantes plantas que Susi cuida personalmente.

Cuando Susi llega a su despacho ve una luz roja en el botón de la línea dos del teléfono. «Todavía está hablando, el pobre». Espera un poco más, pero, pensando que Pepe necesitará una excusa para determinar la conversación con su madre, entra en su despacho.
—Jefe —le dice bajito, tengo que hablar un momento con usted.
—Mamá —dice el detective—, mamá… Espera un momento, mamá, que me llaman. Sí, sí… Espera. —Pepe tapa el auricularcon la mano, pone cara de agotamiento y mira a Susi buscando comprensión—. ¿Pasa algo o es una excusa para salvarme? —le pregunta sonriendo.
—Es que tiene una visita. Es una pareja que no estaba citada, pero que dicen que es muy urgente. Yo les he dicho que usted estaba muy ocupado… Si quiere, les digo que vengan en otro momento…
—A ver, déjame pensar… No te vayas, espera. 
Pepe se vuelve a poner al teléfono.
—Oye, mamá, tengo que dejarte. Ha llegado una visita y lleva bastante rato esperando…Ya sabes que no me gusta hacer esperar a los clientes… Sí, sí, no te preocupes por eso. Mañana sin faltate ingreso el dinero. Que no, que no me olvido. Bueno, mamá, cuídate. Adiós. Sí, tranquila. Adiós. Un beso.
Pepe cuelga. Coge un cigarro y mira a Susi.
—¡Las madres! Bueno, ¿y quiénes son ésos?
—Me ha dicho que se llama Rafael Linares.
—¡Caramba! Tiene nombre de torero…
—Lo veo de muy buen humor, jefe.
—Es que tú y ese hombre me habéis salvado de una larga discusión familiar…
—¡Ah! Es por eso…
—Pero me has dicho que era una pareja.
—Sí, él y su mujer.
—¿Y te han dicho qué les pasa?
—No, sólo que era muy urgente.
—Todas las personas que quieran hablar con un detective privado dicen que es muy urgente.
—A los médicos les pasará lo mismo —dice Susi pensando en sus amigos médicos.
—No lo dudo… A ver, Susi, ¿tengo a alguien citado?
—Por la tarde sí. Tiene dos visitas: los del caso Mateo y un industrial que viene por primera vez.
—Susi, sinceramente, ¿tú entiendes por qué hay temporadas de tanto trabajo y otras de tan poco?
—No, jefe. Serán los astros —le contesta riéndose—. Bueno, ¿qué les digo?
—Que pasen. Pero, primero, ponme con la Caja de Ahorros.
—A la orden.

***

Susi va a su mesa. Llama a la Caja y unos minutos después entra en la sala de espera y les dice a los Linares que el detective los va a recibir y que pueden pasar a su despacho. Cuando entran, Pepe acaba de colgar el teléfono. «Esta Susi —piensa con cariño— lo tiene todo controlado».
—Siéntense, por favor —les dice Pepe.
—Gracias.
—Bueno, ustedes dirán…
—Es un poco largo de explicar y complicado.
—No se preocupen por eso. Estoy acostumbrado.
—Sí, claro, me lo imagino… Queremos que usted nos ayude.
—Bien, cuéntenme. ¿De qué se trata?
Rafael Linares se acerca un poco a Pepe para empezar a contar la historia. Su mujer se acomoda en el sillón, cruza las piernas y enciende un cigarrillo. Pepe Rey, que es un gran observador, comprende que, efectivamente, el relato va a ser largo.
—Verá. Hace un mes aproximadamente murió mi madre. Estaba perfectamente, aunque era bastante mayor, pero un día le empezó a doler el pecho. La llevamos al hospital y ya no salió de allí. Duró cuatro días. El corazón…
—A esas edades… —dice Pepe por decir algo y sin entender todavía la relación entre esa pobre mujer y él.
Yo soy hijo único —sigue Rafael— y he vivido toda la vida con mi madre. Incluso después de casarme, Carmela, mi mujer, aceptó vivir con ella, en nuestra casa. No conocí a mi padre. Todo el mundo me había dicho que murió cuando yo acababa de nacer. Bueno, pues un día antes de morirse mi madre me dijo que mi padre estaba vivo, que yo era el resultado de los amores de mi madre con un señorito sevillano, muy rico e importante que cuando se enteró de que mi madre estaba embarazada, la abandonó…
—¿Entonces Linares no es el apellido de su padre? —le pregunta Pepe empezando a deducir como un detective.
—No. Es el apellido de un buen amigo de mi madre que aceptó reconocerme como hijo suyo para que mi madre no tuviera problemas… Ya sabe, en aquella época, a finales de los 40, una madre soltera tenía muchos problemas para ser aceptada por la sociedad… Y, sobre todo, en ciudades pequeñas como Sevilla.
—Desde luego. ¿Y qué pasó con ese amigo de su madre?
—Fue el que murió cuando yo nací.
—Ah, ya entiendo. Si le he entendido bien, lo que usted quiere es que le ayude a encontrar a su padre.
— Exacto.
—¿Le dijo algo más su madre?
—Sí. Por eso he decidido hablar con usted. Me dijo que hace tres o cuatro años mi verdadero padre la fue a ver. Estaba arrepentido de lo que había hecho. Mi madre no lo perdonó y lo echó de casa. Las últimas palabras de mi padre fueron: «Dolores, cuando yo me muera, nuestro hijo recibirá todo lo que no le he dado en vida».
—¿Y eso es todo? —pregunta Pepe un poco escéptico.
—Sí, eso es todo.
—Lo que pasa —añade Carmela— es que, según la madre de Rafael, es muy posible que de verdad cumpla esa promesa.
—Comprendo. O sea que ustedes quieren localizar a ese hombre, probar que es su padre y conseguir, cuando se muera, el dinero que les corresponda en la herencia. ¿Es eso?
—Efectivamente.
—¿Y cómo se llama su padre?
—Ahí está el problema. No lo sabemos. Mi madre sólo lo llamaba por su nombre: Eduardo.
—Cuando mi suegra nos contó la historia —explica Carmela—, yo intenté que nos dijera el apellido del padre de Rafael. Pero no nos lo dijo. No se acordaba o no quería acordarse. No sé. El caso es que se murió sin decirlo.
Pepe enciende un cigarrillo. Necesita pensar un momento. Los Linares lo miran con cara de preocupación.
—Vamos a ver todo lo que sabemos. Si me olvido de algo, díganmelo. Sabemos que es sevillano y rico, que se llama Eduardo y que tuvo una relación con su madre en… Por cierto, ¿en dónde? ¿En Sevilla?
—Sí. Fue en Sevilla. Pero mi madre, cuando él la abandonó, se vino a Madrid. Y aquí hemos vivido siempre.
—¿Pero su madre era sevillana?
—Sí. Toda su familia es de Sevilla.
—¿Y ustedes no han hablado con sus familiares? ¿Algún tío o alguna tía que conozcan la historia?
—Mi madre sólo tenía un hermano que se murió hace unos años.
—¿Estaba casado?
—No, era cura.
—¡Ah!… —Pepe ve las cosas cada vez más complicadas—. ¿Y alguna vecina, algún amigo de su madre?
—Mire, la verdad es que eso no lo hemos intentado… No sabemos por dónde empezar… Si usted acepta el caso, podría ocuparse usted mismo de eso…
—Yo, desde luego, voy a investigar. Pero les advierto que no va a ser fácil y que, además, va a ser lento: hay que hablar con mucha gente, hacer viajes… Lento quiere decir que también será caro.
—Eso no nos importa. Además, conocemos sus tarifas.
—Ah, ¿sí?
—Es que somos muy amigos de Matías Vázquez, ese amigo suyo.
—¡Hombre! ¿Y de qué lo conocen?
—Es que yo también soy piloto de Iberia y Carmela ha sido azafata durante varios años.
—Pero lo he dejado —dice Carmela—. Tengo una librería especializada en viajes.
—Ahora hace mucho tiempo que no lo veo. A la que veo mucho es a su mujer. Somos muy buenos amigos. Bueno, déjenme pensar unos días y les llamaré para explicarles cómo voy a trabajar. ¿No tienen ningún dato más?
—No, yo creo que no. ¿Verdad, Carmela, que no hay nada más?
—No, no. Ah, bueno, sí. Lo de la sortija.
—¿Qué sortija? —pregunta Pepe.
—Cuando el padre de Rafael fue a ver a su madre, le regaló una sortija. Nos lo dijo ella antes de morirse. Dos días o tres después de su entierro, estábamos arreglando su habitación, recogiendo su ropa y todo eso, y en un cajón encontramos una caja con joyas que ella había usado siempre y una sortija que nunca habíamos visto. Suponemos que será la que le regaló el padre de Rafael.
—Tienes razón. No me había acordado de mentarle eso.
—¿Y cómo es la sortija?
—Es de oro y tiene una especie de dibujo grabado y, encima, un topacio.
—¿Podrían traérmela cuando nos veamos? En estos casos todo puede ser útil.
—Sí, sí, se la traeremos. No se preocupe.
—De acuerdo —dice Pepe levantándose—. Dentro de unos días los llamaré.



Fuente: CV. Cervantes.es

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