Montag, 18 November 2019

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París de la Belle époque

Las damas del gratin

El gratin era un núcleo de familias y, mejor, diríamos, de apellidos que se autoconsideraban la aristocracia más selecta de la capital de la III República. Se pertenecía a ese grupo por derecho propio, no por la simple voluntad de llegar.

El bastión tradicional del gratin original era un sector comprendido entre el Quai d’Orsay, la explanada de los Inválidos y las calles Bonaparte y Cherche-Midi. En esa área relativamente restringida, se alzaban muchas casas antiguas de esas familias singulares. Era aquél un conjunto urbano en el que predominaban los hoteles de puerta cochera, patio interior y jardín trasero. En su interior se guardaban los tesoros familiares, los retratos de antepasados, los tapices, las porcelanas, las vitrinas, las alfombras y los techos pintados, así como sobrepuertas de notable factura artística. Un ejército de criados permitía mantener un sistema de vida incompatible con el empuje moderno de la gran ciudad. Dos o tres parroquias servían a la tradicional piedad de las damas de la vieja generación cuyos capellanes formaban parte del rito familiar. El gratin era, oficialmente, católico, tradicionalista y conservador.

Esta forma restrictiva de pensar y de vivir había de cambiar totalmente en el curso de la Belle époque. No se pudo mantener mucho tiempo esa norma enclaustrada del vivir aristocrático. Las fiestas mundanas, los bailes, las recepciones, las puestas de largo, las bodas, los bautizos, las visitas regias, juntamente con los veraneos espectaculares en Biarritz, la Costa Azul, Deauville y sus playas, abrieron el paso a la Belle époque del "todo París". El Bois se convirtió en el gran paseo elegante de las damas y caballeros, que exhibían allí sus modas, sus caballos y sus coches de los últimos modelos. La Belle époque fue en realidad un talante europeo de esos años.

Las reinas del gratin social de la capital se dividían en varias vertientes. Había quienes mantenían su cetro a fuerza de elegancia, lujo y selección de los mejores, en comidas de gala y en bailes, o en tertulias restringidas. Y existían otros núcleos más inclinados a introducir el elemento intelectual o artístico como pieza importante de las reuniones sociales.

Las cortesanas del music-hall

En el inmenso escenario de estos catorce años cambiantes, y en buena parte prósperos, en que la burguesía ascendía en poder económico y la guerra europea no era todavía sino una amenaza lejana, París, desde la exposición de 1900, se convirtió en un centro de atracción mundial y los forasteros ricos de Europa y América, todavía no llamados "turistas", acudían a la capital francesa en busca de placeres desconocidos y erotismos inéditos que se comentaban en la prensa europea y americana y en gran número de libros que evocaban esa secreta atracción. Las "revistas", como género del espectáculo nocturno, fueron abriéndose camino poco a poco, en la última mitad del siglo XIX, como evolución de los antiguos cafés-cantantes y de los posteriores cafés-conciertos. Pero al fin vino, como tantas costumbres sociales, de Londres a París, la fórmula exitosa del music-hall.Desde el Alhambra, que así se llamaba el grande y famoso music-hall británico, paso a París, donde recibió el nombre de Folies Bergère.

Esta novedad escénica fue acogida con creciente éxito y dio lugar a un sistema de publicidad callejera hasta entonces desconocido: el del póster. El póster cuyo inventor fue Chéret, dio lugar a una grafía original que revolucionó el arte del diseño movilizando a gran número de artistas cuyo nombre más eminente corresponde a Toulouse-Lautrec, quien realizó hasta treinta y uno de ellos.

El music-hall era entonces no sólo un escenario de exhibición de arte y danza, sino un lugar de reunión y galanteo en que una parte del público se acercaba y conversaba con las protagonistas del espectáculo en los promenoirs inmensos que tenían cabida para muchos cientos de espectadores. Se iba al music-hall a contemplar y aplaudir, pero también a conocer y trabar contactos con las vedettes de moda. Éste era uno, si no el mayor de los alicientes.

 

Fuente: CV. Cervantes.es

 

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