La leyenda de los Amantes de Teruel

Cuenta la leyenda que Isabel y Diego crecieron y jugaron juntos en el Teruel del siglo XIII. Ambos eran de familias nobles de la ciudad. Ella, hija de Don Pedro de Segura, un rico comerciante. Y él, de los Marcilla, una familia de linaje pero que había perdido su gran hacienda por culpa de una plaga de langostas que asoló la comarca en 1208. Los dos amigos fueron creciendo y con ellos el amor que sentían el uno por el otro.

Un día decidieron que podían sellar su amor con el matrimonio, así que Diego pidió la mano de Isabel. Pero a don Pedro de Segura no le agradó la idea en absoluto. No podía permitirse casar a su hija con un mozo de inferior linaje al suyo. Los dos enamorados quedaron desolados. Hasta que surgió una posibilidad de resolver el entuerto. No se sabe muy bien de quién fue la idea, si de Isabel y Diego o del padre de ella. El caso es que se les dio una oportunidad: Isabel esperaría durante cinco años a que Diego consiguiera dinero y honores. Con los cinco dedos de su mano derecha hicieron el juramento de esperar hasta el regreso de Diego, incluso para darse un beso.
Diego marchó a las cruzadas a luchar. Dicen que pasó por las Navas de Tolosa e incluso por Muret. Durante cinco largos años quedó Isabel sola, esperando y sin saber cuál sería la suerte de Diego. Cuentan que los soldados que regresaban de la batalla de Muret relataban que allí no quedaba nadie vivo. Se dice, incluso, que la familia de Segura pagó a un pobre granuja de Teruel para que hiciera correr la voz de que él mismo había visto caer a Diego en el frente. De una u otra forma, el caso es que tales fatalidades llegaron a oídos de Isabel.

Viendo que ya se cumplían los cinco años acordados y que su padre la apremiaba a casarse, la joven aceptó finalmente la proposición de don Pedro de Azagra. Pretendiente favorito de su padre y poderoso señor de Albarracín. A los cinco años y un día de aquella promesa que unos jóvenes amantes se hicieron, la ciudad entera se engalanó para celebrar unos grandes esponsalesTodo era jolgorio y alegría, todos gozaban felices, salvo Ia pobre Isabel.

Y por los caprichos del destino, justo aquel día, Diego conseguía regresar a Teruel. Sano y salvo, con honores y riquezas y con la ilusión de reunirse por fin con su amada Isabel. El repicar de campanas, la música y algaradas llamaron su atención y preguntó qué estaba pasando. Le anunciaron que la ciudad celebraba el casamiento de Isabel de Segura con don Pedro de Azagra, señor de Albarracín. En ese instante, Diego creyó enloquecer de ira pues su amada no lo había aguardado.

Pero se recompuso pues, en realidad, Isabel no había roto el acuerdo. El plazo ya había expirado. Decidió entonces ir en su busca a su nueva residencia y pedirle aquel beso que tanto había anhelado durante los largos y duros años de batallas. Se encaramó al balcón de la recién casada y la despertó para rogarle esta última prueba de amor. Pero Isabel no se sintió capaz de romper los votos que acababa de prometer y se lo negó. El rayo del rechazo fulminó el corazón de Diego, quien cayó muerto en ese mismo instante.
Según se dice, su extraña muerte conmocionó a toda la ciudad de tal manera que acudió en masa a los oficios por el alma de Diego. Isabel, desconsolada por haber perdido a su verdadero amor, se coló en el funeral para poder darle aquel beso que le había negado en vida. Se acercó al cuerpo sin vida de su amado y lo besó intensamente. Y en ese preciso instante, los allí presentes pudieron ver cómo ella caía muerta sobre el difunto.

Fue tal el impacto de los hechos acaecidos que las familias decidieron darles sepultura juntos para que no volvieran a separarse nunca más. Y de esta forma descansan hasta nuestros días. Los lugareños aseguran que esta historia no es ninguna tragedia pues el amor es quien sale victorioso. Después de todo, Isabel y Diego descansan juntos por la eternidad.

 

Quelle: Heraldo.es

 

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